
La humanidad última de Landon
Landon es viejo, está enfermo y tal vez estorbado: indefenso y arisco; torpemente agresivo. Pero qué sencillo es sentir una directa fraternidad con el hombre humano que Landon todavía es, confundirnos con su aspecto penúltimo, no saber si él llegó antes que nosotros a este turbio asunto de la vida o si seremos nosotros los que nos iremos primero, dejándolo aquí con su tubo en la oreja y el parche de amianto en la sien, afilado de rasgos y gran observador miope.
Qué fácil es sentir una fresca fraternidad inmediata, ponerse en su lugar torcido de sacacorchos, meterse en su piel, manchada de barro a goterones, y sentir con él un enfado seco en los dientes y una soledad de corredor de fondo, con la mirada de un pollo rapaz que se ha desvelado y espera, sin esperar, a que amanezca o anochezca, es igual, la luz y la sombra tienen para él un mismo significado y un mismo sonido continuo de chapoteo en el agua o de doloroso deseo sin deseo.
No buscamos con Landon un diálogo tonto, sino la identificación entre caballos, la réplica, el trasiego de oscuridad y de alma. Él es una caldera vieja, obstinado y rígido, cruel como una realidad continua o un agujero frío, helado, áspero.
Claro que también es un extraño: ya no le quedan diminutivos, sólo el piloto automático y unos fusibles fundidos, ni siquiera le funciona el circuito del agua caliente. Es una pieza extra, inútil, que no recuerda quién ha pagado este viaje.
Cada rato se olvida de lo rápido que se mueve todo, y cada vez se sorprende de la velocidad de las cosas que, antes, nunca se movían: un estropajo, un ladrillo, una pared. Tiene el cabello escaso y con el brillo metálico de un alambre, de un muerto. Y toda la cara cubierta de pelo, de vello, que le crece ya mezclado, mixto de pestaña y barba, de cabello y ceja, con unos pómulos como dos pedradas negras, o dos huevos duros, dos pómulos que se le van haciendo armas para golpear, huesos de hueso: nos recuerdan que todo empieza con una caja y una oscuridad.