Jordan Pulmones

 

Sin palabras de amor, dulcemente, el viejo, viejísimo Jordan Pulmones se está
muriendo en su vagón, sosegado, sin saberlo, dejándose llevar por el sabroso sueño
de la siesta, por el calor suave del mediodía, mientras van creciendo entre sus dedos
las tiernas ortigas de la muerte.
Jordan Pulmones, el mendigo que fue antes camarada del general Archer,
cuando entonces, cuando era joven y ambicioso y quería hacerse rico vendiendo pianos
de cola. Se muere sin darse cuenta, dejándose arrullar por el vaivén de las olas, tumbado
en el vagón que ha sido su casa, su hogar, durante más de treinta años, lleno de trastos
y periódicos viejos, sucio y acogedor, con la luna y las estrellas pintadas en el techo.
Las dulces hierbas de la muerte van creciendo en su costado. Jordan es polaco
de origen y orgulloso de raza, fue también pastelero en Dresde, antes o después de la
guerra, amante de los caballos y cazador de faisanes.
La muerte lo va matando despacio, dulcemente, poniendo en su boca aromas de
pastelería: nata, vainilla, chocolate y canela; va manchando su piel con los tenues colores
de la pólvora y de la vida; la muerte va ciñendo su cuerpo, tomándole las medidas,
acariciando sus muslos y su cuello con suavidad, tristemente.
Jordan cabecea sin tropezar los engaños, templando, sin caerse del cartel, con calidad,
calzado y caliente.
Cambiando el viaje, tomando terrenos contrarios, metiendo la cara y mirando alto,
el viejo, viejísimo Jordan Pulmones se entrega a la muerte despacio, moderando la codicia,
cascabelero y con casta de aviador.
La muerte va oxidando sus huesos, pone oro y menta alrededor del castigo y, cerrando
con celo, se centra para la última verificación, cita de frente y clava, dejando su certificado
sobre el chaleco raído de Jordan.
Ay, Jordan Pulmones. Pudo ser director general de la Esso, conoció a Chaplin y al
pequeño de los Lunetti.
Hermoso como un atardecer sin cigüeñas, alto de palos y amplio de sombrajo,
inspiraba confianza y desdén, pudo ser casi infinito.