El discurso de buenas noches

 

 

Delante del espejo y mirándome a los ojos quiero tomarme en serio
pero sin desordenar mi alma, que mañana tengo que madrugar:
dolor arriba, dolor abajo, me pongo la joroba de los jueves y cierro
la puerta del dormitorio con aires de triunfo y de pereza.

Ya son las doce menos cuarto.

Mi mujer, desde la cama, me dice que razono como un sacristán:
entre vela y vela y a campanadas.

Me da igual: sólo escucho el tamtam del eterno retorno y una muñeira
de radio Galicia, que mi mujer acaba de sintonizar para drogarse
de Finisterre. Miro mis ojos en el espejo, negros como una tumba.

El neón de la casa de putas parpadea del rosa al amarillo y hasta
mi propia sombra me parece sobrenatural.

Si no te acuestas enseguida, apago la luz, dice mi mujer, pero sólo oigo
el zumbido de la pena y la cisterna del baño.

Siento cómo se tensa en mi pecho el hilo del discurso. Finalmente, encuentro
las palabras precisas, exactas, finales: ‘par délicatesse j’ai perdu ma vie’.