
¿quién pierde?
¿quién se asoma a la ventana?
¿quién pronuncia primero su nombre?
Lo lleva como se llevan los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo en el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.
No pierde.
No se asoma a la ventana.
No dice su nombre.
Es alguien que tiene mis ojos.


como incendiarse en lechos,
hundir la espuela y dame
la trinidad oscura de tu alma,
el cajón extraño de tu cuerpo,
y alta parábola de ti,
y
yo
que vivo al otro lado del incendio
ausente y silenciada
y cantando cosas tristes, yo
tan lejos del herrero y sin alma
y un cuerpo amargo
para enmudecer
tendré que decir bueno,
así es, mi amor,
así es


Y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno solo con el hombre en el viento y
la luna poniente; cuando sus huesos queden limpios y los limpios huesos se dispersen, ellos tendrán estrellas en el codo y el pie; aunque se vuelvan locos serán cuerdos, aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán, aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor; y la muerte no tendrá dominio.


Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.
Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.
Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma, y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos, substancias extrañamente inseparables y perdidas.
Cuánto trabaja la muerte,
nadie sabe cuánto tiempo al día le dedica.
La pequeña esposa siempre sola,
planchando la colada de la muerte.
Las hermosas hijas poniendo
la mesa para la cena de la muerte.
Los vecinos jugando a las cartas en el jardín
o simplemente sentados en los escalones bebiendo cerveza.
La muerte, mientras tanto, en una desconocida parte de la ciudad busca a alguien con una tos fea.

il faut très froid
comme quand
c'est
Artaud
le mort
qui soffle
hace mucho frío
como cuando
es
Artaud
el muerto
que sopla
Nadie, supongo, admite
verdaderamente
la existencia real de otra persona.
Puede conceder que esa persona
esté viva, que sienta
y piense como él;
pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia,
una desventaja materializada.


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido.

